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La sanguinaria guardia nazi que disfrutaba descuartizando a los presos con un hacha

Día 16/01/2015 - 14.36h

Dorothea Binz, a quien se le atribuyen más de 100.000 asesinatos, fue una de las mujeres más crueles del campo de concentración de Ravensbrück

Una bella mujer de pelo rubio y ojos claros que, en apariencia, era absolutamente honrada e inocente. Esta es la definición que, tras un breve vistazo, se podría dar de Dorothea Binz. Pero la realidad es bien distinta, pues esta alemana tiene el infame honor de haber sido una de las guardias nazis más sanguinarias del campo de concentración de Ravensbrück y de la Segunda Guerra Mundial. El título –desgraciadamente- no se le queda corto, pues disfrutaba golpeando hasta la extenuación a las reclusas e, incluso (y en algunos casos) descuartizándolas con un hacha. Todo ello, bajo la bendición de Adolf Hitler.
Con todo, y a pesar de ser una de las guardias más sanguinarias de la época, Dorothea Binz no era la única mujer que daba rienda suelta a sus más bajos instintos amparándose en la bandera y la esvástica nazi. De hecho, las atrocidades de muchas de ellas han quedado guardadas en la memoria colectiva de la historia del holocausto con un único objetivo: que nadie se olvide del infierno por el que tuvieron que pasar los miles de prisioneros judíos que fueron deportados a los campos de concentración. Sus nombres serán también difíciles de olvidar: Ilse Koch, María Mandel y un largo, pero que muy largo, etcétera.

Cuando el diablo vino al mundo

Dorothea Theodora Binz (más conocida como «la Binz» por los presos) vino al mundo el 16 de marzo de 1920 en una pequeña ciudad ubicada al noroeste de Alemania. Nacida en una familia de clase media, su infancia estuvo marcada por los usuales cambios de localidad que llevaba a cabo su familia. Por causas desconocidas abandonó la escuela cuando apenas contaba 15 años y comenzó a trabajar como ama de llaves. Posteriormente, desempeñó labores como lavaplatos. Todo ello, con el objetivo de ganar el dinero necesario para poder salir adelante junto a su familia. Por entonces no era todavía más que una niña inocente, pero eso cambiaría rápido.
Como muchos alemanes, Binz vivió en primera persona el ascenso de Adolf Hitler al poder en 1932 mediante el NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán). Por entonces no era más que una niña que, seguramente, apenas se enteraba de qué sucedía en las altas esferas de la política. Tampoco tendría constancia, por lo tanto, de los discursos en los que éste cargaba contra la población judía y contra aquellos que -según afirmaba- habían llevado a Alemania a la miseria mediante el tratado de Versalles. Con todo, no tardó mucho en verse atraída –ya fuera debido al dinero o a la ideología- por la llamada del Führer.
Así pues, y al igual que otros tantos, Binz se alistó en el verano de 1939 (apenas una semana antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial) en las SS. No tardó mucho en recibir su primer destino. El mismo 1 de septiembre, la jornada en que los soldados de la «Wehrmacht» (el ejército de tierra alemán), de la «Kriegsmarine» (la marina) y de la «Luftwaffe» (la fuerza aérea) pisaron suelo polaco, esta joven fue enviada al campo de concentración de Ravensbrück con apenas 19 veranos tras sus jóvenes espaldas. Aquí fue donde comenzó el cambio de Dorothea que, sin saber cómo, a los pocos meses pasaría de lavar platos a torturar hasta la muerte a centenares de prisioneras con una única y pobre excusa: no habían nacido en Alemania.

El campo de concentración de Ravensbrück

El primer campo de concentración que pisó Binz fue el de Ravensbrück, ubicado a menos de 100 kilómetros de Berlín y creado a finales de 1938 con el objetivo de albergar a todo aquel que Adolf Hitler considerara indigno y no perteneciente a la raza aria. Establecido en principio como una cárcel para mujeres (aunque al final de la Segunda Guerra Mundial contaba también con un espacio para varones y niños) vio pasar por sus muros a más de 130.000 prisioneros, Poco más de la mitad de ellos sobrevivirían a su cautiverio y a las torturas y experimentos científicos que allí se llevaban a cabo.
Con todo, si por algo se hizo famoso Ravensbück fue por hacer las veces de escuela para todos los guardianes y guardianas de las SS (estas últimas, conocidas con el título de «aufseherin»). «Las “aufseherin” eran equiparables a los soldados rasos de las SS nazis. Eran personal de las SS, pero no podían formar parte del ejército como tal por la normativa, por ello tenían –entre otras cosas- un uniforme distinto. Sus objetivos eran, también, otros», explica, en declaraciones a ABC, Mónica González Álvarez, periodista y escritora y autora de «Guardianas nazis. El lado femenino del mal».
Y es que, en este campo se entrenaban todas aquellas «aufseherin» que serían trasladadas posteriormente a otros lugares como Auschwitz. «En Ravensbrück, en lugar de enseñarles como se debía administrar un campo (cómo limpiar las cocinas, hacer que funcionase de forma efectiva el lugar o cómo tratar a los prisioneros) aprendían las diferentes formas de pegar, apalear y asesinar a los presos, además de todo lo referente al tema de los hornos crematorios. Todas las alemanas que pasaban por allí estaban destinadas a maltratar, humillar y en última instancia matar a cualquier preso que pasara por el campo de concentración», completa la experta.

Rienda suelta a la crueldad

Junto con la entrada de Binz a Ravensbrück, llegaron también los primeros centenares de prisioneras al lugar. Cuando arribaron, esta sádica alemana se percató de cuál era su verdadera vocación dentro del campo de concentración: torturar presas en el búnker de castigo. Allí, junto a su mentora (María Mandel, apodada «La bestia») disfrutaba atormentando tanto a los hombres como a las mujeres que hubieran cometido la imprudencia de desobedecer las normas del lugar.
Durante los años siguientes, Binz cometió todo tipo de tropelías que iban desde abofetear a las prisioneras, hasta asesinarlas a base de golpes. No en vano se le atribuyen las muertes de más de 100.000 prisioneros entre mujeres y niños. «En una ocasión, la guardiana vio que había una presa que, extenuada, se cayó al suelo. En ese momento, Binz se acercó, la abofeteó y cogió un hacha con la que rajó y descuartizó su cuerpo. Después se levantó y, al darse cuenta de que se había manchado sus botas negras de sangre, cortó un trozo del vestido de la fallecida para limpiarlas. Cuando terminó, se subió su bicicleta y, como si nada hubiera pasado, volvió al campo de concentración», añade González Álvarez.
La sanguinaria guardia nazi que disfrutaba descuartizando a los presos con un hacha
Campo de concentración de Ravensbrück
WIKIMEDIA
Para Binz, la violencia era una práctica habitual. De hecho, disfrutaba hasta tal punto con las torturas que las llamaba el «placer malévolo». Entre ellas, sus preferirías eran las bofetadas y las flagelaciones. A su vez, solía entrenar a sus pastores alemanes para que, a una orden suya, se lanzaran sobre los presos y les desgarraran la carne hasta la muerte. «En otra ocasión estaba paseando por el campamento cuando una prisionera se cayó al suelo agotada. Al ver el hecho, ella –que iba en bicicleta- pedaleó todo lo rápido que pudo y arrolló a gran velocidad a la presa en varias ocasiones. Después soltó a los perros para que la destrozaran», completa la experta. Era, en definitiva, una hija predilecta del nazismo y una amante de los actos infames que sus representantes llevaron a cabo en media Europa.
Con todo, y a pesar de que en el campo de concentración era un lugar donde Binz derrochaba dosis de sadismo y violencia, su edificio favorito de Ravensbrück nunca dejó de ser el búnker de castigo. Ni siquiera cuando fue ascendida en 1944 a «ober aufseherin» (ayudante en jefe de la mano de obra) y «stellvertretende oberaufseherin» (adjunta de la supervisora jefe) solía separarse mucho de él. La razón era sencilla: no quería renunciar al «placer» de acabar con la vida de los prisioneros que, temerosos, no se atrevían apenas a mirar su cara.
Mónica González Álvarez
«Binz trabajaba en el búnker de castigo. Allí, una especie de granero comido por la humedad, perpetraba flagelaciones de hasta 100 latigazos. Solía someter a estas penas a las prisioneras que no hubiesen hecho lo que debían (lo que abarcaba desde comer un mendrugo de pan que se hubiese caído de un camión, hasta no llevar el uniforme bien ataviado). Una vez en el búnker, las desnudaba -todo ello a menos de 20 grados bajo cero- y las flagelaba con un látigo. Siempre tenían la misma norma: cada presa debía contar en voz alta el número de latigazo que era. Ninguna aguantaba más de unos pocos. Después de esto las sacaba fuera del búnker, donde las rociaba con agua fría para que muriera de frío a la intemperie», finaliza González Álvarez.
Parecía que Binz sólo había sido puesta en el mundo para maltratar a los prisioneros y, curiosamente, para dar cariño a su novio, el miembro de las SS (y también destinado en el campo) Edmund Bräuning, adjunto del comandante Rudolf Höss. Con él, para asombro de todos los presos, demostraba una delicadeza que nunca manifestaba con aquellos a los que consideraba inferiores.
Sólo hubo una ocasión en la que los prisioneros creyeron ver algo de humanidad en Binz. «Era la Navidad de 1944. Cómo había comunistas y católicos se celebraban dos fiestas en el campo de concentración. Ella acudió a una en la que varios niños iban a presencia una obra de teatro. El problema es que, repentinamente, los pequeños comenzaron a llorar. Ella se dio cuenta de la situación y debió sentirse compungida, pues abandonó automáticamente la sala. Es como si se le hubiese ablandado el corazón. Quizás sabía que la mayoría de ellos iban a morir posteriormente en las cámaras de gas, aunque es algo imposible de corroborar», añade la experta.

Los últimos días de «la Binz»

La vida fue apacible para Dorothea durante los siguientes años. Y es que, como una de las mayores responsables del campo que era, nunca le faltaron todo tipo de riquezas. Desde mullidos colchones hasta comida de gran calidad –todo cortesía de los judíos a los que saqueaban-. Se podría decir que vivió entre lujos hasta que, en 1944, los aliados comenzaron a avanzar hacia el interior de Alemania. En ese momento la felicidad nazi pasó a convertirse en desesperación y se inició una campaña masiva de destrucción de todos los documentos que hablaran de la temible «Solución final» (el asesinato masivo de judíos).
Junto con la quema de documentos, muchos campos de concentración ubicados a la afueras de Alemania comenzaron a trasladar a sus presos al interior del país para que, en el caso de que la región fuese capturada, no pudiesen contar nada de sus terribles prácticas al enemigo. Ravensbrück no fue una excepción. «Más de 20.000 presos participaron en una “marcha de la muerte” en la que se pretendía trasladarlos hasta el interior de Alemania. Esto fue a finales de abril de 1945 y, tan sólo tres días después, se liberó el campamento. Muchas de las reos que participaron en las marchas fallecieron, y todas las que cayeron fueron abandonadas en las cunetas. En ella iba, como no podía ser de otra forma, Binz», destaca la periodista y escritora.
Según varias fuentes, durante el camino Binz trató de escapar dejando a un lado su uniforme nazi, pues sabía lo que representaba para los aliados. Por suerte, fue capturada el 30 de abril en Hamburgo por las tropas aliadas. Posteriormente fue juzgada, al igual que cientos de sus compañeras, por crímenes de guerra y maltrato y asesinato de los prisioneros. Según explica González Álvarez, durante el juicio su abogado le preguntó por qué había cometido aquellas atrocidades contra las prisioneras, a lo que ella respondió: «Creo que prefieren eso a ser privadas de su comida, o algo más». Esta fue una de las últimas palabras que pronunció la que, a día de hoy, es considerada como una de las guardianas nazis más crueles del Tercer Reich. Finalmente, fue condenada a morir en la horca el 3 de febrero de 1947.

Dos preguntas a Mónica González Álvarez


Fuente: abc.es

Las razones que escondía Carlos III para expulsar a los jesuitas de España

Día 15/01/2015 - 13.15h
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Bajo la excusa de que habían instigado el Motín de Esquilache, el Rey inició una persecución contra ellos. El voto de obediencia inquebrantable hacia el Papa y el dinero de la desamortización de sus bienes estaban tras la decisión

La expulsión de los jesuitas del Imperio español en 1767, una medida firmada por Carlos III dentro del ambiente hostil hacia esta orden religiosa en la Ilustración, sacudió profundamente la Cristiandad. Al fin y al cabo, la Compañía de Jesús –la mayor orden masculina católica en la actualidad– estaba fundada por españoles y muy vinculada a la historia de nuestro país, desde la Contrarreforma a la evangelización de América. Las razones oficiales para justificar la deportación achacaban a los jesuitas haberse enriquecido enormemente en las misiones, haber intervenido en política contra los intereses de la Corona y hasta perseguir el asesinato de los reyes de Portugal y de Francia. Eran mentiras o, en el mejor de los casos, exageraciones para ocultar una respuesta aún más sencilla: se habían convertido en unos intrusos de su propia casa.
El día 15 de agosto de 1534, Ignacio de Loyola, un antiguo militar y consejero de Carlos I destinado a convertirse en santo, juró junto a sus siete seguidores más fieles en Montmartre (París) «servir a nuestro Señor, dejando todas las cosas del mundo». Después de los votos de Montmartre, se incorporaron al núcleo tres jóvenes franceses y se dirigieron en peregrinación a Jerusalén, que no pudieron alcanzar debido a la guerra entre Venecia y el Imperio Otomano. Por esta razón, el grupo se dirigió a Roma, donde fundaron tras largas reflexiones la Compañía de Jesús, que fue aprobada el 27 de septiembre de 1540 por Paulo III, quien firmó la bula de confirmación «Regimini militantis ecclesiae».
La Compañía de Jesús fue un instrumento fundamental de la Iglesia católica durante la Contrarreforma y varios de sus miembros se destacaron en el Concilio de Trento, que sirvió para aclarar diversos puntos doctrinales y combatir desde la teología el cisma surgido con el movimiento protestante. Desde su origen, los jesuitas profesaron los tres votos normativos de la vida religiosa (obediencia, pobreza y castidad) y, además, un cuarto voto de obediencia absoluta al Papa, «circa misiones», que es el motivo, precisamente, de que los estados comenzaran a desconfiar de la orden a partir de la Ilustración.

Los regalistas contra los jesuitas

La actitud inflexible de los defensores de los derechos de la Santa Sede contra los regalistas (los defensores de los derechos privilegiados de la corona en las relaciones con la iglesia) fue la causa de fondo de todas las disputas que acontecieron a los jesuitas. En 1759, el Reino de Portugal encerró en el calabozo a 180 religiosos en Lisboa y expulsó al resto acusando a la orden de instigar un atentado contra la vida del Rey. Tres años después, en 1762, Francia usó el mismo argumento y declaró su ilegalidad a raiz de un caso de malversación de fondos, en el contexto de la polémica entre jesuitas y jansenistas (otro movimiento religioso promovido por el obispo Cornelio Jansenio durante la Contrarreforma).
En efecto, la doctrina del regicidio que se atribuía a toda la orden, aunque solo la había defendido el Padre Mariana en su tratado «De Rege», fue enarbolada siempre para justificar sus expulsiones y otorgó la hostilidad hacía la Compañía de los grandes filósofos ilustrados como Voltaire o Montesquieu y de muchos soberanos católicos. Uno de ellos fue Carlos III de España, quien compartía desde la infancia el recelo de su madre, la Reina Isabel de Farnesio, sobre las intenciones de esta orden religiosa.
Pese a que los jesuitas habían ejercido un papel destacado durante los reinados de la dinastía Habsburgo, cabe recordar que Carlos I era amigo personal de Ignacio de Loyola, su auténtica ascensión «política» se produjo con la llegada de los Borbones a la Monarquía de España. Así, tanto Felipe V como Fernando VI tuvieron confesores jesuitas, el Padre Daubenton y el Padre Rávago, respectivamente. Sin embargo, la caída de la Compañía de Jesús comenzó a gestarse poco después, en 1754, cuando la caída del marqués de la Ensenada –todopoderoso ministro de Fernando VI y amigo de los jesuitas– dio como resultado la llegada al poder de un gobierno significativamente anti-jesuítico. Uno de los hechos más ruidosos en los primeros meses del nuevo ministerio fue la exoneración de Francisco de Rávago como confesor real.
Bajo la acusación de estar detrás de los motines populares del año anterior –conocidos con el nombre de Motín de Esquilache–, Carlos III firmó la Pragmática Sanción en 1767 que dictaba la expulsión de los jesuitas de todos los dominios de la Corona de España, incluyendo los de Ultramar y decretaba la incautación del patrimonio que la orden tenía en el imperio. Sin embargo, las verdaderas causas que motivaron la medida hay que buscarlas más allá de las revueltas sociales, donde la implicación jesuita nunca ha podido demostrarse.

Acusados sin pruebas del Motín de Esquilache

Durante el Motín de Esquilache, la multitud asaltó la casa de Esquilache, el secretario de Hacienda, y se congregó en el Palacio Real. Allí, la Guardia Real tuvo que intervenir para restablecer el orden con un resultado de cuarenta muertos. El desencadenante de la protesta había sido un decreto impulsado por el marqués de Esquilache que pretendía reducir la criminalidad y que formaba parte de un conjunto de actuaciones de renovación urbana de la capital –limpieza de calles, alumbrado público nocturno, alcantarillado–. En concreto, la norma objeto de la protesta exigía el abandono de las capas largas y los sombreros de grandes alas, ya que estas prendas ocultaban rostros, armas y productos de contrabando. No en vano, el trasfondo del motín era una crisis de subsistencias a consecuencia de un alza exagerado del precio del pan. Nada, en cualquier caso, que pudiera llevar a la Compañía de Jesús a implicarse en un complot.
El fiscal del Consejo de Castilla Pedro Rodríguez de Campomanes –un declarado antijesuita– fue el encargado de investigar las causas del motín. El fiscal encontró evidencias de la participación de algunos jesuitas en la revuelta y las empleó para montar –«con frases sueltas, hablillas y chismes»– una causa general contra la Compañía de Jesús. Por supuesto, Carlos III no desaprovechó la ocasión, y atacó con contundencia a un grupo religioso que representaba la máxima oposición al regalismo. Esta doctrina política, que defiende el derecho del estado nacional a intervenir, recibir y organizar las rentas de sus iglesias nacionales, chocaba frontalmente con la absoluta lealtad de los jesuitas hacia el Papa, lo que llevó a sus detractores a calificar a la orden como «un estado extranjero dentro de otros estados».
Así, lejos de la tesis romántica de que la medida fue tomada para permitir el triunfo de las luces sobre el fanatismo representado por los jesuitas o la teoría del historiador Menéndez y Pelayo de que fue el fruto de una «conspiración de jansenistas, filósofos, parlamentos, universidades y profesores laicos contra la Compañía de Jesús», la Corona española ejecutó la orden con la intención de reafirmar su control estatal sobre la iglesia española. La decisión, además, venía acompañada de la correspondiente desamortización de sus bienes que el estado administró como creyó oportuno, en muchos casos cediéndoselo a otras órdenes religiosas.

Carlos III amplía la persecución

Con gran sigilo, en la madrugada del 2 de abril de 1767, las tropas reales acudieron a las 146 casas de los jesuitas y les comunicaron la orden de expulsión contenida en la Pragmática Sanción. Fueron deportados de España 2641 jesuitas y de las Indias 2630. Los primeros fueron acogidos inicialmente en la isla de Córcega, perteneciente entonces a la República de Génova. Y el Papa Clemente XIII se vio obligado a admitirlos en los Estados Pontificios cuando los franceses tomaron la isla de Córcega.
No obstante, la guerra de Carlos III contra la Compañía de Jesús continuó tras su salida de España. El papa Clemente XIII resistió las presiones de los monarcas europeos que pedían la supresión total, pero la elección de Clemente XIV, conocido por su poco aprecio por los jesuitas, sirvió en bandeja la posibilidad de acabar completamente con la orden. José Moñino, que posteriormente fue nombrado Conde de Floridablanca y se convirtió en el ministro de confianza del Rey, fue destinado en la tarea de convencer al pontífice, lo cual consiguió en agosto de 1773. Clemente XIV promulgó el breve «Dominus ac Redemptor» donde suprimía la Compañia de Jesús y decretaba la conversión de los jesuitas en miembros del clero secular. No en vano, algunos se negaron a acatar la decisión y se refugiaron en el reino de Prusia y en el Imperio Ruso, donde fueron protegidos por sus respectivos soberanos.
Casi medio siglo después, en el contexto de la Restauración de 1814, el papa Pío VII emitió la bula «Solicitudo omnium Ecclesiarum», que restauraba la Compañía de Jesús. En España, el nieto de Carlos III, Fernando VII, autorizó inmediatamente su vuelta. 

Fuente: abc.es